Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

Era una tarde cálida de primavera. Isabel estaba terminando un mural en la pared exterior del taller, con la cara manchada de pintura azul y amarilla. Carlos se acercó por detrás, limpiándose las manos de grasa, y la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—¿Quién lo diría? —susurró él al oído—. La mujer más rica de España, feliz pintando paredes en un barrio obrero.

—Te equivocas, señor mecánico —respondió ella, girándose para besarlo. Sus ojos brillaban más que cualquier diamante que hubiera poseído—. Antes tenía mucho dinero, pero era pobre. Ahora… ahora soy inmensamente rica.

—¿Por qué?

—Porque tengo una mesa donde siempre soy bienvenida, aunque llegue tarde. Tengo un hombre que me quiere por mis cicatrices, no por mi cartera. Y tengo una hija que me ha enseñado que el amor es el único motor que nunca se estropea si le das mantenimiento diario.

Desde el patio, Lucía gritó: —¡Oye! ¡Menos besos y más trabajar! ¡Que el coche azul todavía hace ruidos raros!

Isabel y Carlos rieron. Miraron al cielo, que empezaba a teñirse de violeta sobre los tejados de Madrid. La primera estrella de la noche apareció, tímida y brillante. Isabel le guiñó un ojo a la estrella. Ya no necesitaba poseer el mundo; le bastaba con formar parte de él, con las manos sucias, el corazón lleno y la certeza absoluta de que, por fin, estaba en la mesa correcta, con las personas correctas.

Y así, en un rincón humilde de una gran ciudad, la millonaria y el mecánico demostraron al mundo que el destino no está escrito en las estrellas, sino en el valor que tenemos para bajarlas y hacerlas nuestras.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.