—Mesa 12. Me esperan —dijo Carlos, manteniendo la voz firme.
El maître arqueó una ceja, revisó su lista con una lentitud exasperante y, finalmente, con un suspiro de resignación, le indicó que lo siguiera. Atravesaron el salón. Era un lugar de ensueño, iluminado por candelabros de cristal, con música de piano en vivo y un aroma a trufa y dinero antiguo. Carlos sentía las miradas clavándose en su espalda. Se sentía un intruso, una mancha de aceite en un mantel de lino inmaculado.
Y entonces la vio.
En la mesa 12, con vistas al jardín iluminado, estaba ella. Isabel Mendoza. Carlos no lo sabía, pero estaba a punto de sentarse frente a la mujer que ocupaba las portadas de la revista Forbes, la heredera de un imperio financiero de tres mil millones de euros, la “Dama de Hielo” de las finanzas españolas. Llevaba un traje de sastre blanco impecable, un corte arquitectónico que gritaba poder. Su cabello rubio estaba recogido en un moño tan perfecto que parecía una escultura. No miraba el menú, ni el ambiente; miraba su teléfono, tecleando furiosamente con dedos manicurados, gestionando destinos y fortunas con la indiferencia de quien respira.
Carlos se acercó. El corazón le golpeaba contra las costillas como un pistón fuera de tiempo.
—Buenas noches. Soy Carlos —dijo, deteniéndose frente a la mesa.
Isabel dejó de escribir. Levantó la vista lentamente. Sus ojos eran de un azul glacial, inteligentes, penetrantes y terriblemente fríos. Hizo el mismo escáner que el maître, pero con mucha más crueldad. Se detuvo en las manos de Carlos, en las pequeñas cicatrices blancas de sus nudillos, en el cuello de la camisa ligeramente gastado. No vio a un hombre nervioso intentando rehacer su vida. Vio un error administrativo. Vio una pérdida de tiempo. Vio algo que debía ser eliminado de su agenda perfecta.
Sin invitarle a sentarse, sin siquiera esbozar una sonrisa de cortesía, soltó una risa seca, carente de humor.
—Creo que ha habido una confusión terrible —dijo Isabel. Su voz era suave, pero cortante como un bisturí—. Claramente, te han dado mal la dirección o te has equivocado de mesa. Este lugar, y específicamente esta mesa, está reservada para personas de… otro calibre.
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