Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

El silencio cayó sobre las mesas cercanas como una losa de plomo. La música del piano pareció detenerse un segundo. Los comensales de al lado dejaron sus copas de vino en el aire, esperando ver cómo el pobre diablo se daba la vuelta, humillado, y huía con el rabo entre las piernas.

Carlos sintió el calor subirle al rostro. La vergüenza le picaba en la piel. Su primer instinto fue disculparse y correr, volver a la seguridad de su coche viejo, a la oscuridad de su soledad. Pero entonces, algo sucedió. Miró a Isabel a los ojos. Realmente la miró. Y detrás de esa muralla de hielo, detrás de los diamantes discretos y la actitud de emperatriz, vio un destello fugaz. Vio un cansancio infinito. Vio el mismo vacío que él sentía cuando miraba el lado vacío de su cama.

En ese preciso instante, el miedo de Carlos se evaporó, reemplazado por una calma extraña y poderosa. No iba a ser la anécdota graciosa que ella contaría a sus amigos ricos al día siguiente. Iba a ser el momento que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Carlos no se fue. Con movimientos lentos y deliberados, arrastró la pesada silla de terciopelo hacia atrás. El ruido de las patas contra el suelo resonó en el restaurante silencioso como un trueno de advertencia. Se sentó, cruzó las manos sobre el mantel blanco, la miró fijamente a esos ojos azules que intentaban fulminarlo y, con una voz tranquila que hizo vibrar el aire, pronunció las palabras que cambiarían el destino de ambos.

—Esta mesa ahora es mía —dijo Carlos, sin apartar la mirada.

Isabel se quedó petrificada, con la boca ligeramente entreabierta, una expresión que nadie en su consejo de administración había visto jamás. Estaba acostumbrada a que la gente temblara ante ella, a que los hombres se hicieran pequeños ante su éxito, a que el mundo se apartara a su paso. Pero este mecánico, con su chaqueta barata y sus ojos tristes pero firmes, la estaba desafiando en su propio reino.

—¿Disculpa? —articuló ella, recuperando la compostura, su tono goteando veneno—. ¿Tienes idea de quién soy? Podría comprar este restaurante ahora mismo y echarte a la calle.

—Sé lo que parece —respondió Carlos con una serenidad desarmante—. Parece una mujer que tiene tanto dinero que ha olvidado que el respeto es gratis. Me llamo Carlos Herrera. Tengo 35 años, una hija de ocho llamada Lucía que cree que soy Superman porque puedo arreglar cualquier cosa que tenga ruedas, y dirijo el taller mecánico más honesto de Vallecas. No sé de vinos caros, señora, y probablemente mi cuenta bancaria le daría risa, pero tengo algo que usted claramente no tiene.

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