Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

Isabel apretó los labios, furiosa. —¿Ah, sí? ¿Y qué es eso tan maravilloso que posee un mecánico de barrio?

—Tengo a alguien que me espera despierta para darme las buenas noches. Tengo las manos sucias de grasa, sí, pero mi conciencia está limpia. Y sobre todo, tengo la capacidad de ver lo que usted trata de esconder con ese traje caro y esa actitud de reina intocable.

Isabel sintió un nudo en la garganta. Quería gritarle, llamar a seguridad, hacerle desaparecer. Pero la curiosidad, y una punzada dolorosa en el pecho, la mantuvieron clavada en la silla.

—Ilumíname —desafió ella, cruzándose de brazos—. ¿Qué es lo que ves?

Carlos se inclinó ligeramente hacia adelante. Su voz bajó, volviéndose íntima, casi un susurro cómplice en medio de aquel salón hostil.

—Veo que está usted sola. Completamente, devastadoramente sola. Veo que ha construido una armadura de oro tan pesada que apenas puede moverse. Veo que viene a este lugar lleno de gente, no porque tenga hambre, sino porque el silencio de su mansión es demasiado ruidoso. Y lo sé, Isabel, porque yo también conozco esa soledad. Mi esposa murió hace tres años en un accidente. Sé cómo se siente el frío cuando el éxito o el trabajo no son suficientes para abrigarte por la noche.

El impacto de las palabras fue físico. Isabel sintió cómo sus ojos se humedecían traicioneramente. Parpadeó rápido, luchando por mantener su máscara. Nadie le había hablado así. Nadie había tenido el valor de atravesar las capas de protección que había tardado años en construir.

—¿Por qué no te has ido cuando te he insultado? —preguntó ella, su voz perdiendo por primera vez su filo metálico.

Carlos sonrió, y su rostro cambió. Las arrugas de sus ojos se suavizaron, revelando una calidez humana que desarmó a Isabel.

—Porque soy la única persona en este restaurante que no le tiene miedo. Y porque, a pesar de sus millones, creo que soy el único aquí que puede permitirse pagar su cena con el dinero que ha ganado con el sudor de su propia frente, sin deberle favores a nadie. Y porque, si soy sincero, creo que usted necesita una conversación real más que respirar.

Isabel soltó una risa nerviosa, genuina. Fue un sonido extraño, oxidado por el desuso. El camarero se acercó en ese momento, mirando a Carlos con desdén, esperando la orden de Isabel para echarlo.

—¿Todo bien, Madame Mendoza? ¿Desea que llame a…?

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