Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

—Traiga la carta —interrumpió Isabel, sin mirar al camarero, con los ojos fijos en Carlos—. Y traiga el vino de la casa. Mi acompañante dice que el sabor del dinero a veces estropea el paladar. Vamos a probar su teoría.

Aquella cena fue un terremoto silencioso. No hablaron de acciones, ni de fusiones, ni de la economía global. Carlos pidió el plato del día —lentejas estofadas, lo que comía el personal de cocina— e Isabel, por primera vez en una década, comió con las manos, partiendo el pan. Hablaron de la vida. Carlos le habló de Lucía, de cómo la niña creía que las estrellas eran agujeros en el suelo del cielo por donde se colaba la luz del paraíso. Isabel le habló de su infancia, de cómo le encantaba pintar acuarelas hasta que su padre le dijo que el arte era para los débiles y le puso un balance contable en las manos a los diez años.

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque te hacía feliz? —preguntó Carlos mientras terminaban el postre.

Isabel miró su copa vacía. —No me acuerdo.

—Entonces, vámonos.

—¿A dónde?

—A caminar. Madrid es distinta cuando no la miras desde la ventana tintada de un coche oficial.

Isabel dudó. Sus protocolos de seguridad, su agenda, su imagen… Pero miró la mano extendida de Carlos. Una mano áspera, callosa, fuerte. Una mano que ofrecía verdad. Y la tomó.

Caminaron durante horas. Isabel Mendoza, con sus tacones de suela roja, caminó por el Parque del Retiro junto a un mecánico con zapatillas viejas. Le dolían los pies, pero el corazón le latía con una fuerza que creía muerta. Terminaron en un pequeño bar de barrio en Vallecas, donde José, el dueño, saludó a Carlos con un abrazo y le preguntó por la fiebre de Lucía.

—¿Quién es la amiga, Carlos? —preguntó José, guiñando un ojo.

—Ella es Isabel. Está aprendiendo a ser humana otra vez —respondió Carlos riendo.

Isabel bebió un café servido en vaso de cristal, sentada en una silla de plástico que cojeaba. Miró a su alrededor: gente trabajadora, riendo, compartiendo, viviendo.

—¿Esto es lo que haces? —preguntó ella—. ¿Vivir así?

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