Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

—Esto es riqueza, Isabel —dijo Carlos, poniéndose serio—. Tener un lugar donde saben tu nombre. Saber que si mañana me caigo, habrá diez manos dispuestas a levantarme antes de que toque el suelo. Tú tienes empleados, tienes socios, tienes aduladores. Pero, si perdieras todo tu dinero mañana, ¿cuántos de ellos te ofrecerían su sofá para dormir?

La pregunta la persiguió durante días. Volvió a su ático de lujo, a sus sábanas de hilo egipcio, y nunca se había sentido más pobre.

La semana siguiente, un Maserati gris metalizado aparcó frente al taller “Reparaciones Herrera”. El contraste era cómico: la máquina perfecta de ingeniería italiana frente a un local con las paredes desconchadas y calendarios antiguos.

Isabel bajó del coche. Había cancelado una reunión con inversores japoneses alegando una “urgencia vital”. Entró en el taller. El olor a aceite y goma quemada la golpeó, pero esta vez no le pareció desagradable; le pareció real.

—¡Papá! ¡Ha venido la señora que huele a flores caras! —gritó una vocecita desde debajo de un coche elevado.

Lucía salió reptando, con un mono azul tres tallas más grande y la cara manchada de grasa. Se puso de pie, se limpió las manos en el pantalón y miró a Isabel con unos ojos enormes y marrones, idénticos a los de su padre.

—Hola —dijo Isabel, sintiéndose más nerviosa que ante una auditoría fiscal—. Tú debes ser Lucía.

—Y tú eres la que no sabe mirar las estrellas —respondió la niña con una naturalidad aplastante—. Papá me lo ha contado. Dice que las luces de tu mundo son tan fuertes que te ciegan.

Isabel sonrió, agachándose a su altura, sin importarle que el suelo manchara su abrigo de diseño. —Tu papá tiene razón. ¿Crees que podrías enseñarme?

—Es difícil —dijo Lucía muy seria—. Primero tienes que entender el idioma de los coches.

—¿Los coches hablan?

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