—¡Claro! —Lucía la agarró de la mano y la llevó hacia un viejo motor desmontado—. Escucha. Si hacen “grrr-grrr”, están enfadados porque les duele la tripa. Si hacen “puf-puf”, están cansados. Y si hacen “clic-clic”, es que tienen miedo. Papá dice que las personas son iguales. Hacen ruidos por dentro cuando algo no va bien.
Isabel sintió un escalofrío. Ella llevaba años haciendo “clic-clic” por dentro, un sonido de miedo constante a perder el control, a fallar, a ser vulnerable.
Durante el mes siguiente, Isabel vivió una doble vida. De día, era la tiburón financiera implacable. Pero los martes y jueves por la tarde, desaparecía. Iba al taller. Aprendió la diferencia entre una llave inglesa y una llave de tubo. Se manchó las manos. Ayudó a Lucía con los deberes de matemáticas. Y empezó a pintar de nuevo. Compró un caballete y lo instaló en una esquina del taller, capturando la luz del atardecer entrando por los ventanales sucios.
Se enamoró. No fue como en las películas, con fuegos artificiales. Fue como la marea que sube lentamente. Se enamoró de la risa de Carlos, de su integridad inquebrantable, de cómo la miraba como si fuera la única obra de arte que valía la pena en el mundo. Y se enamoró de Lucía, esa niña sabia que le enseñaba que el amor era algo sencillo.
Pero el destino, a veces, tiene un sentido del humor cruel. Pone a prueba lo que creemos haber aprendido.
Una tarde de jueves, el teléfono de Isabel sonó. Era su vicepresidente.
—Señora Mendoza, tenemos un problema crítico con la adquisición de Martínez Group. Han adelantado la firma. Tiene que ser hoy a las ocho, o perdemos el trato. Estamos hablando de una operación de quinientos millones de euros. Su presencia es innegociable.
Isabel miró el reloj. Eran las seis. A las ocho era el festival de fin de curso de Lucía. La niña iba a hacer de estrella en la obra de teatro, y le había hecho prometer a Isabel, con el dedo meñique entrelazado, que estaría allí en primera fila.
El aire en el taller se volvió denso cuando Isabel colgó el teléfono y explicó la situación. Carlos dejó la herramienta que tenía en la mano. Se limpió lentamente con un trapo, mirándola con una decepción que le dolió más que cualquier golpe físico.
—Tengo que ir, Carlos. Es… es el negocio de la década. Es mi responsabilidad. Hay miles de puestos de trabajo en juego —se justificó ella, pero las palabras sonaban vacías en su propia boca.
Lucía, que había escuchado todo, se acercó. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¿Es más importante que yo? —preguntó la niña con un hilo de voz—. ¿Esos papeles son más importantes que verme brillar?
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