Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

—Cariño, es complicado… —empezó Isabel, usando las mismas excusas que los adultos usan para romper corazones.uestras promesas.

—No, Isabel —la cortó Carlos, su voz dura como el acero—. No es complicado. Es una elección. O las personas son importantes, o no lo son. La riqueza real no es lo que tienes en el banco, es lo que no puedes permitirte perder. Si te vas hoy, ganarás millones, sí. Pero perderás algo que ningún cheque puede comprar: nuestra confianza. Y te perderás a ti misma de nuevo.

Isabel tembló. El miedo, ese viejo amigo, le susurró al oído que debía proteger su imperio, que el amor era volátil pero el dinero era seguro. Dio un paso atrás, alejándose de ellos.

—Lo siento —susurró—. No puedo dejar que todo por lo que he trabajado se derrumbe.

Se dio la vuelta y salió corriendo hacia su coche. Vio por el retrovisor a Lucía abrazada a la pierna de Carlos, llorando, y a Carlos mirándola marcharse, no con ira, sino con una tristeza profunda, como quien ve un barco hundirse en el horizonte.

Isabel llegó a la reunión. Fue brillante. Despiadada. Eficiente. Firmó los contratos, brindó con champán francés, recibió los aplausos de su junta directiva. Había ganado quinientos millones de euros en una noche. Era la reina indiscutible de Madrid.

Y nunca se había sentido tan miserable en toda su vida.

Pasaron tres días. Tres días de silencio. Isabel iba a la oficina, se sentaba en su despacho en la planta 45, y miraba por el ventanal. La ciudad a sus pies parecía una maqueta gris. Intentó llamar a Carlos, pero saltaba el buzón de voz. El “clic-clic” en su pecho se había convertido en un rugido ensordecedor.

Al cuarto día, su secretaria irrumpió en el despacho, visiblemente alterada.

—Señora Mendoza, lo siento mucho, seguridad intentó detenerla pero… es muy rápida y… bueno, se ha colado.

Detrás de la secretaria apareció un torbellino pequeño. Lucía. Llevaba su mejor vestido de domingo y sus zapatillas de deporte. Estaba despeinada, jadeando por haber corrido, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.

—¡Lucía! —Isabel se levantó de un salto, el corazón en la garganta—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?

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