Ella miró su ropa con desprecio; él miró su soledad con compasión. La historia del mecánico que entró al restaurante más exclusivo y le enseñó a una millonaria que el dinero no compra el calor de un hogar.

—He venido en autobús y luego me he colado en el ascensor cuando un señor gordo ha entrado —dijo la niña, cruzando los brazos—. He venido a decirte una cosa.

Lucía caminó hasta el enorme escritorio de caoba, se subió a la silla de visitas y se puso de rodillas para estar a la altura de Isabel.

—Mi coche rojo se rompió ayer —dijo Lucía solemnemente—. Se le salió una rueda. Papá estaba triste y no quería arreglarlo. Pero yo le dije lo que él siempre dice: que las cosas rotas se pueden arreglar si sabes dónde mirar y no tienes miedo de mancharte las manos.

La niña señaló el pecho de Isabel.

—Tú estás rota, Isabel. Estás haciendo el ruido de “clic-clic” más fuerte que he oído nunca. Pero no pasa nada. Papá y yo somos mecánicos. Sabemos arreglar corazones también.

Isabel miró a esa niña valiente, rodeada de lujo estéril, en esa torre de marfil donde no entraba el aire puro. Miró los contratos de la fusión sobre su mesa. Miró su reflejo en el cristal: una mujer poderosa, rica y absolutamente vacía.

—Tenías razón, Lucía —dijo Isabel, las lágrimas finalmente rompiendo la presa—. Desde aquí arriba no se ven las estrellas. Hay demasiada luz artificial. Me he perdido.

—Pues baja —dijo la niña, extendiendo su mano pequeña—. Abajo se ve el cielo. Y papá te echa de menos. Ha intentado pintar, pero solo le salen nubes grises.

En ese momento, la puerta se abrió y entró el consejo de administración para la reunión de seguimiento. Hombres de traje gris, serios, importantes.

—Señora Mendoza, la reunión comienza en cinco minutos —dijo uno de ellos, mirando con desaprobación a la niña.

Isabel se secó las lágrimas. Miró a los hombres, luego miró a Lucía. Sonrió, y fue la sonrisa más libre de su vida.

—La reunión se cancela —anunció con voz clara—. De hecho, cancelen mi agenda para el resto de la semana. Y para el mes que viene.

—Pero… ¿a dónde va? ¡Tenemos responsabilidades!

—Voy a comprar pinturas —dijo Isabel, tomando la mano de Lucía y bajando de la silla—. Y voy a aprender a mirar las estrellas. Tengo una reparación urgente que hacer en Vallecas.

Salieron de la oficina de la mano, dejando atrás un imperio para construir una vida.

Seis meses después, el taller “Herrera” tenía un aspecto diferente. Isabel había invertido, no como empresaria, sino como compañera. Habían comprado el local de al lado y lo habían transformado en un centro cultural para el barrio: mitad taller mecánico, mitad escuela de arte y juegos para los niños que no tenían dónde ir.

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