El vuelo A921 debía despegar del Aeropuerto Internacional Hartsfield-Jackson de Atlanta poco después de las 14:00 de una suave tarde de primavera de 2025. La terminal vibraba con el frenesí habitual de los viajes aéreos: maletas tintineando sobre suelos pulidos, anuncios superpuestos resonando en el cielo, viajeros agazapados junto a enchufes como buscadores de oro.
Nada en ese día parecía fuera de lugar.
Al menos, no a primera vista.
Entre el mar de pasajeros apresurados se encontraba un hombre al que la mayoría de la gente apenas notaba.
Daniel Cole vestía una sudadera sencilla color carbón, vaqueros desgastados y zapatillas blancas desgastadas. No tenía nada de llamativo: ni traje a medida, ni reloj de lujo, ni indicios evidentes de riqueza o autoridad. El único objeto que insinuaba algo diferente era un delgado maletín de cuero negro, sutilmente grabado con las iniciales D.C.
En una mano, sostenía una taza de café solo. En la otra, una tarjeta de embarque marcada con una designación discreta pero inconfundible: Asiento 1A.
Primera fila. Primera clase.
Un asiento que aparecía bajo su nombre cada vez que volaba en esta aerolínea.
Porque Daniel Cole no era un viajero más.
Era el fundador, director ejecutivo y accionista mayoritario de la aerolínea, con el 68% de la compañía.
Pero esa tarde, Daniel no se movía por el aeropuerto como un ejecutivo multimillonario.
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