A veces la humillación se convierte en un punto de inflexión.
Tatiana ya no lloraba. En ese momento, no sintió dolor, solo claridad. Fría, precisa, liberadora.
Se dio cuenta de que ya no tenía que ser conveniente.
No tienes que ser paciente.
No tienes que agradecer el techo.
La casa de otro ya no es una trampa.
A veces, para empezar a vivir, solo necesitas escuchar la verdad, aunque sea a puerta cerrada.
Tatyana se puso de pie, apretando el plato caliente contra su estómago, y no sintió calor ni dolor.
Las palabras de Vitalik sonaban apagadas en su cabeza, como si las estuvieran sumergiendo. «Un parásito». «Por lástima». «Conveniente».
Lentamente, colocó el plato al otro lado.
La mesita del pasillo. Sus manos dejaron de temblar, extrañamente, pero por dentro se sentía tranquila. No vacía, sino tranquila. Como cuando estás a punto de tomar una decisión largamente esperada.
Regresó a la cocina, se quitó el delantal y lo colgó con cuidado en la percha. Luego entró en la habitación donde estaban sus maletas y se sentó en el borde de la cama. Por primera vez en dos años, se permitió tomarse su tiempo.
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