Ella vino a nuestra casa con noticias.

"Yo...", susurró. "No quería destruirlo."

Katya la miró con cansancio.

"Vera, no es la amante la que destruye. Es la que se queda en casa y a solas."
Hizo una pausa.
"Dime qué. Toma la tarjeta de la clínica. Y mi número. Si resulta que estás embarazada, necesitas apoyo y una persona normal a tu lado. No a Anton."

Vera levantó la vista, húmeda, confundida.

"¿Por qué... estás ayudando?"

Katya respondió con sinceridad:

"Porque sé lo fácil que es para una mujer creer en el 'amor' de alguien cuando le prometen la salvación. Y porque no quiero que Lisa piense que las mujeres deberían pelearse por un hombre que no vale la pena."

Vera asintió. Y se fue, en silencio, sin descaro, como alguien que acaba de volver a la realidad.

Epílogo. Una sonrisa burlona que no era de venganza.
Pasaron dos meses.

Katya estaba sentada en la cocina y Lisa hacía sus deberes. De repente, sin levantar la vista, dijo:

"Mamá... Hoy me di cuenta. No te reíste de Vera aquella vez".

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