Ella vino a nuestra casa con noticias.

"Tiene derecho a saber quién está en su casa", dijo Katya con calma. "Lisa, soy Vera." Vino a hablar.

Lisa volvió la mirada hacia su padre. Y de repente, lo que Anton más temía brilló en sus ojos: no lágrimas ni gritos, sino decepción. Como si alguien hubiera desprendido con cuidado un hermoso envoltorio.

"Papá...", dijo Lisa en voz baja. "¿Es por ti?".

Anton abrió la boca, pero no encontró las palabras.

Katya se levantó, se acercó a su hija y le puso una mano en el hombro.

"Liz, entra en la habitación. Esto va a ser desagradable. Vuelvo en diez minutos".

"No soy una niña pequeña", insistió Lisa, pero le temblaba la voz.

"Lo sé", Katya se acercó. "Por eso pregunto. No por él". Para ti."

Lisa se quedó allí un segundo más, luego se giró en silencio y se fue. La puerta se cerró sin un portazo. Fue peor que cualquier portazo.

Katya regresó a la mesa y finalmente miró a Anton como si lo viera por primera vez.

"Ahora escucha con atención", dijo. "Tú y Vera."

Anton intentó sonreír, como siempre hacía cuando presentía peligro.

"Katyusha, eres lista. Lo entiendes... nos han puesto muy nerviosos..."

Katya le devolvió la sonrisa. Ahí estaba: esa misma sonrisa que había puesto tensa a Vera. No había malicia en ella. Había conocimiento en ella.

"De verdad soy inteligente, Anton. Por eso tengo preguntas. Y respuestas. Y algunos documentos.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.