Esa palabra, "separadas", lo atravesó como una cuchilla. Richard sopesó la súplica de Appe, su creencia de que la familia no era de sangre, sino de elección. Se le atragantó la voz al jadear: "¿Y si alguien se las lleva a todas?".
La enfermera casi rió. “¿Los bebés? Señor, nadie puede criar bebés. Ni solo. Ni siquiera. La gente pensaría que está loco.”
Pero Richard ya no podía oír sus preguntas. Se acercó a las casas, y uno de los bebés lo miró con curiosidad sorprendida, como si lo reconociera. Otro le agarró la mano. Un tercero soltó una risita. Algo en su interior se rompió. El vacío que había sido pesado se convirtió en algo más pesado, pero vivo. Responsabilidad.
“Me los llevo”, dijo.
La decisión desató una guerra de papeleo. Los trabajadores sociales la llamaron imprudente. Los familiares la llamaron completa idiota. Los vecinos resoplaban tras las cortinas: ¿Qué hace un hombre blanco con bebés negros? Algunos decían cosas aún más feas. Pero Richard cedió.
Vendió su camioneta, las joyas de Appe y sus propias herramientas para comprar leche de fórmula, pañales y suministros. Suplicó trabajo extra en la fábrica, parchaba techos los fines de semana, trabajaba sin descanso en el restaurante. Cada centavo era para esas niñas. Ella construía sus casas a mano, hervía biberones en la estufa y lavaba montones de ropa teñida en su patio trasero como si fueran tinas de guerra.
Él aprendió que cada caricia calmaba a cada bebé. Aprendió a trenzar el cabello con dedos torpes. Pasaba noches despierto, recuperando el aliento en la oscuridad, aterrorizado de quedarse sin aliento.
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