"¡Papá, para!"
Se interpuso entre nosotros, con los ojos abiertos por un miedo que ningún niño debería tener. Lo rodeé con mis brazos automáticamente, protegiéndolo como si mi cuerpo fuera una armadura.
Javier no nos miró. Se ajustó el puño, miró su teléfono y una fría satisfacción cruzó su rostro. A través de las puertas de cristal vi a una mujer esperando afuera: cabello oscuro, tacones firmes, irradiando confianza.
Javier abrió la puerta.
"Ya terminé con esto", dijo rotundamente.
La mujer lo tomó del brazo. Salió sin siquiera volverse hacia su hijo. Detrás de mí, las velas temblaban con la corriente de aire, sus llamas parpadeaban como si también dudaran si seguir encendidas.
Diego presionó su rostro contra mi abrigo. Su voz, cuando salió, sonó mayor de diez años.
"Mamá, algún día nadie nos tratará así".
Los meses siguientes no fueron dramáticos. Fueron agotadores.
Las facturas se acumulaban. Los formularios escolares requerían firmas que Javier nunca dio. La manutención infantil se convirtió en un laberinto de audiencias y retrasos. Para cuando llegaba la sentencia, Javier, convenientemente, no tenía "ningún ingreso oficial".
Aprendí que la justicia podía ser lenta y selectiva.
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