Limpiaba oficinas en el centro durante el día. Por la noche trabajaba en un café cerca de la estación de metro. Diego ayudaba sin que se lo pidiera: recogía mesas, barría migas, contaba monedas del bote de propinas con una seriedad que me dolía el pecho.
Un invierno, racionamos la calefacción a una hora cada noche. Diego estudiaba con el abrigo puesto en la mesa de la cocina. Un vecino le regaló una computadora vieja que resoplaba al encenderse.
"Yo la arreglo", dijo, como si fuera un rompecabezas.
Vió tutoriales, aprendió a reparar piezas y empezó a aprender a programar. Lo veía inclinado sobre el teclado, repitiendo el mismo ejercicio hasta que lo dominaba. La paciencia se convirtió en su silenciosa rebelión.
Intenté preservar la infancia siempre que pude: fútbol los domingos, pasteles caseros, películas en la televisión. Pero él nunca olvidó la noche de las velas. Nunca mencionó a Javier por su nombre. Solo "mi padre", como si fuera una figura distante.
En el instituto, Diego consiguió becas, primero por excelencia académica, luego para estudiar ingeniería informática en Madrid. El día que se fue, me abrazó con fuerza y luego encontré una nota en mi almohada:
"Gracias por quedarte".
Los años siguientes transcurrieron entre breves llamadas telefónicas, preocupaciones compartidas por los exámenes, trabajos a tiempo parcial y la constante construcción de algo nuevo.
Diego y dos compañeros de clase lanzaron una pequeña startup de software centrada en sistemas logísticos. Al principio, parecía frágil: escritorios compartidos, pizza fría, inversores escépticos.
Pero la determinación que había visto en él en la mesa de la cocina seguía intacta.
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