No había ira en su tono. Solo determinación.
“No se trata de venganza”, añadió. “Se trata de responsabilidad”.
Me recosté y sentí el peso de los años a mi alrededor.
“La justicia”, dije lentamente, “no se trata de aplastar a alguien porque nos hizo daño. Se trata de detener el daño para que no se extienda. Si lo haces, hazlo limpiamente”.
Asintió.
“Lo haremos”.
El caso se desarrolló metódicamente.
Los abogados reunieron pruebas. Las autoridades abrieron investigaciones. La reclamación de manutención impaga resurgió con los documentos adjuntos.
Por primera vez en diez años, Javier intentó contactarme. No respondí.
Cuando finalmente lo vi en el juzgado, parecía más pequeño de lo que recordaba. Sus ojos buscaron en los míos miedo o debilidad, pero no encontraron ninguno.
Diego testificó con calma. Presentó documentos, registros de transacciones y cronogramas. No hubo alzamientos de voz. Nada de teatralidades. Solo hechos.
Afuera del juzgado, Diego me tomó de la mano.
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