En el funeral de mi esposo, abrí su ataúd para colocar una flor y encontré una nota arrugada debajo de sus manos.

Mi matrimonio no era una mentira.

Greg era imperfecto, testarudo, humano, y me amaba.

Esa verdad estaba presente en sus diarios, escrita una y otra vez:

"La amo".

Nunca lo ocultó.

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