—Vendí mis joyas para ayudar —gritó alguien—. ¿Y él usó ese dinero para otra persona?
La mujer se volvió hacia Raúl, conmocionada.
—¿Usaste el dinero de tu hija?
—Eso no es cierto —dijo rápidamente—. Iba a reponerlo.
Yoana soltó una risa amarga.
—Igual que ibas a venir al hospital esa noche. Igual que ibas a quedarte con ella durante la quimioterapia. Igual que ibas a comprarle la peluca que pidió.
Raúl bajó la mirada brevemente, y todos lo vieron.
—Este no es lugar para mentiras —dijo el sacerdote.
—Yo también sufrí —murmuró Raúl—. Era mi hija.
La voz de Yoana resonó en la habitación.
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