En el funeral de mi hijo, recibí un mensaje: “estoy vivo, no estoy en el ataúd. por favor…

Me llamo Rosalvo, tengo más de 70 años y vivo aquí en San Cristóbal de las Casas, en el interior de Chiapas, después de jubilarme de la pesca, que fue mi sustento casi toda la vida. Lo que voy a contar hoy es algo que nunca imaginé que me pasaría. Una historia que todavía me encoge el corazón cuando la recuerdo es sobre cómo casi perdí a mi hijo para siempre, no por la muerte, sino por la codicia de quien más confiaba en el mundo.

¿Sabes cuando despiertas un día y tu vida parece normal? Pero antes de que se ponga el sol, todo se derrumba. Así fue aquel día del velorio de mi hijo Pedro. Estaba allí con el corazón en pedazos, mirando aquel ataúdrado cuando recibí un mensaje en el celular que me heló el alma. Papá, estoy vivo. No confíes en mamá. Al principio pensé que era alguna broma cruel o que había enloquecido de dolor. ¿Cómo podía mi hijo estarme mandando mensajes si su cuerpo estaba allí en aquel ataúd?

Pero aquel texto, aquellas palabras, yo conocía a mi hijo. Era su manera de escribir, era su número. Mi corazón de padre sabía que algo muy extraño estaba sucediendo. El funeral había sido organizado a toda prisa. Marcia, mi esposa de tantos años, dijo que nuestro Pedro había sufrido un accidente terrible en la carretera que atraviesa la selva. El coche había volcado y se había incendiado. Por eso el ataúd estaba cerrado. Ni siquiera me dejaron ver el cuerpo. Dijeron que era mejor guardar la imagen de él vivo.

Y yo, en medio de aquel dolor, acepté. Pero cuando llegó aquel mensaje, algo dentro de mí despertó. Fue como si un peso se quitara de mis ojos. y comenzar a ver pequeños detalles que no tenían sentido. Fue en ese momento que me di cuenta de que la peor pesadilla de mi vida apenas estaba comenzando. Nuestra vida en San Cristóbal siempre fue sencilla, pero rica en otros sentidos. Conocí a Marcia cuando éramos jóvenes. Ella había venido de Veracruz a visitar a unos parientes y acabó quedándose.

Dios mío, qué hermosa era en aquella época. Cabello largo, una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. Nos casamos rápido, yo, loco de amor, y ella aparentando estarlo también. La vida de pescador nunca fue fácil. Salía antes de que saliera el sol. Enfrentaba las corrientes de los ríos de la región. A veces pasaba días lejos de casa. En temporada de lluvia la abundancia, en la sequía la preocupación. Pero nunca dejé que faltara pescado fresco en la mesa y un techo sobre nuestras cabezas.

Nuestra pequeña casa la hice con estas manos callosas, ladrillo por ladrillo, al sonido del censontle, que siempre cantaba por las mañanas. Cuando Pedro nació, vi en los ojos de Marcia un brillo diferente. Casi muere en el parto y creo que eso cambió algo dentro de ella. Empezó a tratar al niño como si fuera un tesoro que nadie podía tocar. Al principio pensé que era normal, cosa de madre primeriza, pero con el tiempo me di cuenta de que era algo más fuerte, casi obsesivo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.