En el funeral de mi hijo, recibí un mensaje: “estoy vivo, no estoy en el ataúd. por favor…

Pedro creció como todo niño del interior, pescando conmigo, jugando a la orilla del río, subiendo a los árboles para recoger mangos y guayabas. Desde pequeño tenía una mirada astuta, cuestionadora. ¿Por qué el robalo tiene ese ojo en la cola, papá? ¿Por qué el agua del cenote es azul? Pero se puede ver el fondo. Era demasiado curioso aquel niño e inteligente como solo él. Marcia nunca quiso más hijos. Decía que el parto había sido demasiado difícil, que Pedro era suficiente, que nuestra vida sencilla no soportaba más bocas.

Estuve de acuerdo. Claro. En aquella época estaba de acuerdo con casi todo lo que ella decía. Para ser sincero, creo que nunca supe decirle que no. Y quizá ese fue mi mayor error. La vida seguía su curso tranquilo, como las aguas del río en época de sequía. Pedro crecía fuerte, inteligente. El orgullo de este viejo pescador en la escuela siempre fue de los mejores alumnos. La maestra siempre me decía, “Don Rosalvo, este niño llegará lejos, tiene que estudiar en la capital.” Y Marcia estaba de acuerdo.

Decía que nuestro hijo merecía más que la vida de pescador, pero había algo que me inquietaba, algo que solo entendí mucho tiempo después. Mientras yo enseñaba a Pedro a respetar el río, a entender los ciclos de la naturaleza, a ser honesto, incluso cuando nadie estaba mirando, Marcia le enseñaba otras cosas. La vida es dura, hijo. Tienes que ser listo, saber aprovechar las oportunidades. Pensaba que era solo su manera de ser, preocupada por el futuro del niño. Fue cuando Pedro tenía unos 12 años que noté cambios en Marcia.

Empezó a alejarse de mí como si ya no fuera lo suficientemente interesante. Pasaba horas al teléfono hablando en voz baja o salía a resolver cosas en la ciudad sin explicar realmente qué. Cuando la cuestionaba se ponía a la defensiva. Ay, Rosalvo, ahora tengo que rendirte cuentas de todo. Ya no confías en mí. Y yo, tonto que era, retrocedía. Confiaba en ella más que en mí mismo. ¿Cómo podría imaginar que aquella muchacha de quien me enamoré se estaba transformando en alguien capaz de No, en aquella época ni siquiera podría haber pensado en lo que descubrí después?

Pedro fue creciendo y la distancia entre él y su madre también. En la adolescencia los dos vivían peleando. El chico decía que Marcia era demasiado controladora, que quería saber cada uno de sus pasos. Ella respondía que solo quería lo mejor para su hijo, que el mundo exterior era peligroso. Yo me quedaba en medio intentando apaciguar, sin entender que aquellas peleas eran apenas la punta de un iceberg mucho más profundo y sombrío. Cuando Pedro terminó la preparatoria, consiguió una beca para estudiar en la universidad en Ciudad de México.

Fue la mayor alegría y también la mayor tristeza. Ver a mi hijo partir, sabiendo que ahora tenía alas para volar me afectó de una manera que no sé explicar. Marcia pareció aceptarlo bien al principio, pero luego comenzó a llamarlo varias veces al día, a hacer visitas sorpresa al apartamento que compartía con otros estudiantes. Fue en esa época que me di cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo con Marcia. Pasaba horas revisando papeles, hablando con gente por teléfono sobre cosas que yo no entendía.

Cuando me acercaba, escondía todo rápidamente. Es solo el papeleo del seguro de vida que hice para Pedro, por si nos pasa algo”, decía ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Y yo, que siempre confié en ella, no cuestionaba. ¿Cómo podría imaginar que aquellos papeles escondían un plan tan terrible? ¿Cómo podría saber que la mujer con quien compartí tantos años de mi vida era capaz de tramar algo tan monstruoso contra nuestro único hijo? Pero las señales estaban ahí, solo que no supe leerlas.

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