Dos pequeños ataúdes blancos descansaban al frente de la capilla: Lily y Noah. Se habían dormido y no habían despertado. Los médicos lo llamaron muerte infantil inexplicable. La frase se repetía en mi mente como algo irreal.
Me quedé allí, aturdida, aferrada a una rosa marchita, cuando mi suegra, Margaret Wilson, se acercó. Su perfume era intenso, su voz aguda.
"Dios se los llevó porque sabía qué clase de madre eres", susurró.
Las palabras me hirieron profundamente. "¿Puedes parar, solo por hoy?", grité. "Se han ido".
Antes de que pudiera moverme, me golpeó. La sala se llenó de jadeos. Me tambaleé y ella me empujó hacia adelante. Mi frente golpeó el borde de uno de los pequeños ataúdes.
"Será mejor que te quedes quieta", murmuró.
Sentí el sabor de la sangre. Mi esposo, Daniel, estaba a pocos metros de distancia, en silencio. Nadie intervino.
En ese momento, el dolor se convirtió en claridad. No fue una crueldad repentina. Margaret siempre me había guardado rencor; me culpaba de todo lo que alteraba su control.
Al recomponerme, vi que alguien en la primera fila sostenía un teléfono, grabando.
El servicio continuó con dificultad en un silencio tenso. Margaret regresó a su asiento. Daniel evitó mi mirada.
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