La mañana del entierro de mis gemelos llegó bajo un cielo cargado de nubes, como si el mundo mismo hubiera decidido acompañarme en el duelo.
Dos pequeños ataúdes blancos reposaban ante el altar, tan diminutos que mi mente se negaba a aceptar su existencia. Me llamo Lucía Herrera, y aún no podía comprender que mis hijos, Mateo y Daniel, se hubieran ido. Tan solo tres semanas antes, había sentido sus movimientos dentro de mí. Ahora solo había un vacío insoportable donde antes había vida.
Me rodeaban con silenciosas condolencias que se deslizaban sin sentido. Mi esposo, Álvaro, estaba a mi lado, rígido y distante, con la mirada perdida. Dado que los bebés habían muerto durante el parto, parecía vacío, como si el dolor lo hubiera vaciado por completo. Sentí lo contrario: cada emoción me impactó con toda su fuerza, aguda e implacable.
Entonces sentí un aliento cálido en la oreja.
Era Carmen, mi suegra. Se inclinó más cerca, sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, y susurró con silenciosa crueldad:
"Dios se los llevó porque sabía qué clase de madre eras".
Algo se quebró dentro de mí. Las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron, y antes de que pudiera contenerme, las palabras escaparon de mi boca:
"Por favor... ¿puedes callarte, solo por hoy?"
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