Isabel levantó la mirada y continuó:
"También tengo mensajes donde presionaste a Lucía para que no fuera al hospital la noche que empezó a sangrar".
Una oleada de sorpresa recorrió la habitación. Álvaro finalmente se movió. Se agarró la cabeza con ambas manos, temblando como si la realidad lo hubiera golpeado de golpe. El rostro de Carmen palideció, pero ella seguía intentando negarlo, alegando que todo era inventado.
Pero el silencio que siguió contaba una historia diferente.
El sacerdote intervino, instándome a la calma, mientras varias personas acudían a ayudarme.
Una mujer llamó a una ambulancia. Apenas podía hablar, pero por primera vez desde la muerte de mis hijos, sentí que alguien me apoyaba.
Álvaro se me acercó con lágrimas en los ojos y susurró:
"Perdóname... No quería ver lo que estaba pasando".
Pero el daño ya estaba hecho. No solo había perdido a mis hijos, sino que también había perdido la fe en el hombre que se suponía debía protegernos. Carmen fue escoltada fuera de la iglesia entre miradas de desprecio. Su imagen de madre devota se desmoronó en cuestión de minutos.
Mientras me llevaban al hospital, supe que este funeral no solo marcaba el final de una vida, sino el comienzo de una verdad que ya no podía ignorar. Y aún quedaba una decisión por tomar, una que definiría mi futuro para siempre.
Pasaron varios meses desde aquel día. Mi frente sanó, pero las cicatrices invisibles tardaron más en cerrarse. Denuncié a Carmen con el apoyo de Isabel y varios testigos del funeral. No fue fácil revivir todo frente a un juez, pero sentía que se lo debía a Mateo y Daniel. La justicia no los traería de vuelta, pero al menos establecería un límite claro.
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