Los invitados comenzaron a murmurar. Algunos sacaban discretamente sus teléfonos, otros se echaban hacia atrás, como alejándose del desastre. Lucía miraba a Adrián con los ojos muy abiertos, como si la realidad finalmente le golpeara.
—Eso es mentira —escupió Adrián—. ¡Son documentos falsos!
Mateo levantó una ceja.
—Fueron verificados esta mañana por la policía financiera. De hecho, están en camino.
El rostro de Adrián se descompuso. Ya no había arrogancia, solo miedo.
Aproveché el silencio para hablar, despacio, sin levantar la voz:
—¿Cien mil dólares? ¿Residencia de ancianos? Lucía… ¿de verdad pensaste que podría chantajearme alguien así?
Mi hija empezó a temblar.
—Papá… yo… Él me dijo que tú querías controlar mi vida. Me dijo que era lo mejor…
—Lo mejor para quién —interrumpí—. ¿Para ti o para sus deudas?
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