En la noche de bodas, mi suegro me deslizó en la palma de la mano un sobre con 5.000 dólares y susurró: «Si quieres seguir con vida, vete ahora mismo». Me quedé paralizada, como si el suelo se hubiera derrumbado bajo mis pies……

Lentos.
Pesados.
Como si alguien caminara arrastrando algo.

Daniel se interpuso entre la puerta y yo. A pesar del miedo que lo sacudía, lo vi erguirse con una determinación casi desesperada.

—No dejes que entre —me dijo en voz baja—. Pase lo que pase… no lo mires a los ojos.

Un escalofrío heló mi sangre.

—¿A quién? —pregunté con un susurro quebrado.

Daniel no respondió. No pudo.
Porque en ese momento, la puerta vibró con un golpe seco.

Yo ahogué un grito.

Daniel apretó los dientes.

—No tiene derecho —murmuró—. Esta vez no.

Golpe.
Otro.
El pomo empezó a moverse, lento, probando, girando.
Como si alguien del otro lado disfrutara escucharnos respirar del miedo.

La respiración de Daniel cambió. Se volvió tensa, casi dolorosa.

—Tienes que irte —me dijo, sin dejar de mirar la puerta—. Ahora.

—¿Y tú? —pregunté con la voz hecha trizas.

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