Él apretó ligeramente mi muñeca.
—No estoy bromeando. Si tienes algo de sentido común, sal por esa puerta. No vuelvas a mirar atrás.
Después se alejó, subió las escaleras con paso firme y desapareció.
Mi respiración se volvió errática. Abrí el sobre con manos temblorosas: 5.000 dólares en billetes nuevos, perfectamente ordenados. Sentí un vértigo que me dejó sin aire.
¿Qué significaba eso?
¿Era una amenaza?
¿Un chantaje?
¿O… una advertencia real?
Mi mente empezó a correr: ¿había algo oscuro en Daniel que yo no sabía? ¿Había pasado algo grave en la familia? ¿Por qué me daría su propio suegro dinero para huir?
El sonido de pasos bajando por la escalera me sacó de mi parálisis.
Era Daniel, con un gesto tranquilo, ajeno al caos que se había desatado dentro de mí. Oculté el sobre en el bolsillo de mi vestido de novia, aún abultado y difícil de manejar.
—¿Todo bien? —me preguntó acercándose.
Lo miré. El hombre al que decía amar. El hombre con el que acababa de casarme… ¿podía ser un peligro?
Quise preguntarle, pero algo dentro de mí —quizá el miedo, quizá el instinto— me obligó a sonreír como si nada.
—Sí… solo estoy cansada —respondí.
Pero mientras él me tomaba de la mano y me guiaba hacia la habitación, yo solo podía pensar en una cosa:
¿Debo confiar en él, o debo huir antes del amanecer?..”
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