En la noche de bodas, mi suegro me deslizó en la palma de la mano un sobre con 5.000 dólares y susurró: «Si quieres seguir con vida, vete ahora mismo». Me quedé paralizada, como si el suelo se hubiera derrumbado bajo mis pies……

Cuando salí del baño, Daniel ya estaba acostado, con el brazo extendido hacia mí, como invitándome a acercarme. Su gesto cálido contrastaba con el nudo helado en mi estómago.

—Ven —me dijo con ternura.

Me acosté a su lado, rígida, intentando ocultar mi tensión. Él me abrazó, apoyó su cabeza en mi hombro y murmuró:

—Ha sido un día largo. Te amo.

Sus palabras, que antes me habrían derretido el corazón, ahora solo intensificaron mi confusión.
Si había peligro… no podía venir de él, ¿o sí?

Esperé a que su respiración se hiciera profunda y regular. Cuando estuve segura de que dormía, me levanté con cuidado. Caminé hacia la ventana y miré el jardín. A lo lejos, pude distinguir una figura: un hombre apoyado en el porche. Su silueta era inconfundible.

El padre de Daniel.
De pie. Mirando fijamente hacia nuestra ventana. Sin moverse.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Retrocedí, cerré la cortina con suavidad y tomé mi teléfono. Busqué señal. Nada. Cero barras. La casa estaba lo suficientemente retirada como para quedar aislada.
O… ¿alguien la estaba bloqueando?

Mis pensamientos se arremolinaron con fuerza hasta que escuché un ruido suave detrás de mí: el crujido del colchón.

—¿Qué haces despierta? —preguntó Daniel con voz grave, medio dormida.

Me giré rápido.

—Nada… estaba tomando aire.

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