—La puerta… —balbuceé—. Está cerrada.
Él frunció el ceño, se levantó y probó la perilla. Luego golpeó la puerta dos veces, con calma, como si aquello no fuera extraño en absoluto.
—Debe ser que mis padres la cerraron por seguridad. No les gusta dejar puertas sin seguro durante la noche.
Intenté sonreír, pero mi cuerpo temblaba.
—¿Por seguridad de quién? —pregunté casi sin aire.
Daniel se volvió hacia mí con una expresión que nunca antes le había visto.
Una mezcla entre lástima… y algo más oscuro.
—Amor… —dijo acercándose—. Hay cosas que no entiendes todavía. Cosas que debiste saber antes de casarte conmigo.
Dio un paso más.
Yo retrocedí.
—Mi padre no debió intervenir —continuó en un tono suave, casi triste—. Aunque entiendo por qué lo hizo.
Mi respiración se volvió un hilo tembloroso.
—¿Por qué lo hizo? —pregunté con la voz quebrada.
Daniel sonrió.
Una sonrisa lenta.
Una sonrisa que jamás le había visto.
—Porque… quería darte una oportunidad.
El silencio que siguió fue tan espeso que sentí que me ahogaba.
Di un paso hacia atrás, buscando algo con qué defenderme, cualquier cosa.
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