En medio de la boda, cuando todo se suponía que iba a ser perfecto, mi suegra tomó el micrófono y sonrió antes de decir:
"Me alegra tanto haber encontrado a una chica que sabe obedecer".
Fijó sus ojos en los míos, con una sonrisa burlona en las comisuras de sus labios. Sonreí... pero solo en apariencia. La familia estalló en carcajadas. Mi esposo bajó la cabeza nervioso, como si ya supiera lo que vendría después. Y en ese momento, con el corazón latiéndome con fuerza, supe que no podía callar más. Así que interrumpí los votos... y revelé un secreto que nadie esperaba.
Me llamo Laura. Tenía treinta y dos años cuando decidí casarme con Daniel después de cuatro años de relación. No era ni sumisa ni callada, aunque su madre, Patricia, siempre intentara retratarme así. Desde el primer día, me evaluó como si estuviera aspirando a un papel que nunca había deseado: el de la esposa perfecta: obediente, discreta y agradecida.
Decidí guardar silencio muchas veces, no por debilidad, sino estratégicamente. Estaba esperando el momento oportuno.
La ceremonia se celebró en un pequeño hotel rural cerca de Toledo. Todo fue elegante, tradicional, tal como Patricia había deseado. Daniel y yo nos quedamos ante el oficiante, listos para intercambiar nuestros votos. Cuando su madre terminó su discurso, el juez volvió a hablar. Fue entonces cuando levanté la mano.
"Disculpen", dije con firmeza, antes de continuar, "Tengo algo que decir".
Un murmullo recorrió la sala. Patricia frunció el ceño. Daniel me miró sorprendido, casi asustado. Respiré hondo. No estaba improvisando. Llevaba meses dándole vueltas.
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