La noche de mi cumpleaños número setenta me puse un vestido azul marino que llevaba años guardando “para una ocasión especial”. Nunca imaginé que esa sería la ocasión. Me coloqué un collar de perlas sencillas, de esos que no presumen lujo, pero sí carácter.
Mi madre, ya fallecida, solía decir que con ese collar yo parecía una mujer que no se quiebra fácil.
Mis hijas, Lucía y Renata, insistieron en celebrarlo fuera de casa.
—Mamá, setenta años no se cumplen todos los días —dijo Lucía—. Mereces algo bonito.
Elegimos un restaurante elegante en Querétaro. Manteles blancos impecables, luces cálidas un poco demasiado brillantes, meseros que hablaban en voz baja. Todo estaba cuidadosamente preparado… quizá demasiado.
Mi esposo, Alberto, sonreía de una forma rara. No era su sonrisa habitual. Era rígida, ensayada, como la de alguien que ya tomó una decisión y solo está esperando el momento adecuado para soltarla.
Nos sentamos en un reservado semicircular. Había globos dorados atados a mi silla y un pastel enorme con letras rosas que decían:
“¡70 y espectacular, Carmen!”
Amigos de la parroquia, un par de vecinos de toda la vida, el socio de Alberto y su esposa… todos brindaban por mí. Decían cosas bonitas. Recordaban cómo nunca falté a un festival escolar, cómo siempre abrí mi casa en Navidad, cómo mantuve a la familia unida incluso cuando no era fácil.
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