En mi cumpleaños número setenta, mi esposo anunció que se iba. Nunca imaginé que alguien aplaudiría. Y mucho menos que serían mis propias hijas.

Yo sonreía.
Agradecía.
Escuchaba.

Después de los aperitivos, Alberto se levantó y golpeó su copa con una cuchara.
—Quiero decir algo —anunció, elevando la voz lo suficiente para que las mesas cercanas voltearan a mirar.

Sentí un nudo leve en el estómago.

—Carmen —dijo—, has sido una gran compañera. De verdad. Pero ya no puedo seguir viviendo así. Me voy.

El silencio cayó como una losa.
Ese silencio en el que incluso se oye el hielo acomodándose en los vasos.

Alberto no se detuvo. Giró la cabeza hacia la barra. Yo seguí su mirada.

Allí estaba ella.

Una mujer de poco más de treinta años, con un saco color crema entallado, el cabello lacio y brillante, el celular en la mano, como si estuviera lista para registrar el momento.

—Estoy enamorado de otra persona —continuó—. De alguien que me hace sentir joven otra vez.

Alguien ahogó un suspiro.
Una amiga murmuró mi nombre como si fuera una oración.

Y entonces lo escuché.

Aplausos.

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