Lucía y Renata se incorporaron un poco de sus sillas, se abrazaron… y aplaudieron. Sonreían. Aplaudían como si Alberto acabara de anunciar unas vacaciones sorpresa.
Mis propias hijas.
Yo no levanté la voz.
No lloré.
No tiré la copa de vino ni armé ningún escándalo.
Dejé el tenedor. Me limpié la boca con la servilleta de tela y la coloqué con cuidado sobre el plato. Sentí una calma extraña, como si una puerta se cerrara dentro de mí para siempre.
Las miré. Primero a Alberto. Luego a Lucía. Luego a Renata.
—Adelante —dije con voz firme—. Celebren.
Las palmas se fueron deteniendo poco a poco.
—Pero sepan esto —continué—: yo no las traje al mundo. No nacieron de mí. Las saqué del sistema de acogida.
Lucía parpadeó varias veces.
La sonrisa de Renata se borró.
—Y hoy —concluí—, mi compasión se terminó.
El aire se volvió pesado. El socio de Alberto bajó la mirada. La mujer de la barra se inclinó hacia adelante, curiosa.
—¿Mamá… de qué estás hablando? —susurró Renata, con la voz quebrada.
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