Él asintió lentamente. "Judith solía decir que el poder significaba no disculparse nunca. Creo que aprendió algo nuevo".
Diana levantó su taza de café. "Algunas lecciones son caras".
Él rió suavemente y se alejó. Esa noche, Diana estaba en su balcón contemplando las luces de la ciudad. El viento traía sonidos lejanos del tráfico. Recordó la mesa, el vino, las risas, la sonrisa en el rostro de Brandon.
No se arrepintió de su respuesta. Solo se arrepintió del tiempo que pasó creyendo que la proximidad al poder significaba seguridad. Su teléfono vibró con un nuevo correo electrónico. Un cliente potencial confirmó un contrato de colaboración a largo plazo. Diana lo leyó, respondió con aprobación y dejó el teléfono a un lado.
En algún lugar de Monterey, una gran casa aún se alzaba en la costa, con sus pisos de mármol relucientes y su mesa de comedor pulida. Pero la ilusión de invencibilidad que una vez la acogió se quebró en el momento en que una joven se secó el vino de la cara y prefirió la acción a la sumisión.
Diana respiró el aire de la noche y se susurró a sí misma, no como venganza ni como orgullo, sino como verdad:
"Nunca confundas el silencio con la debilidad".
Entonces entró, cerró la puerta y comenzó a prepararse para el siguiente capítulo de su vida, construido no sobre la aprobación ni sobre la humillación, sino sobre el respeto propio que ninguna copa de vino podría borrar.
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