Al acercarse a la puerta principal, el olor los impactó al instante. A gas, penetrante e inconfundible, mezclado con un ligero aroma metálico que flotaba en el aire. El agente Morales llamó por radio a los bomberos sin dudarlo.
La niña mencionó en voz baja que unos días antes había oído a su madre quejarse de que la caldera hacía ruidos extraños. Ningún técnico había venido. Nadie pensó que fuera grave.
Con mascarillas protectoras, los agentes entraron en la casa. Lo que encontraron dentro fue peor de lo esperado. Los padres de Sofía yacían uno al lado del otro en la cama. No había señales de forcejeo, ni heridas visibles; solo cuerpos inmóviles, apenas respirando. La habitación estaba cargada de gas. Un detector de humo permanecía silencioso en la pared, con las baterías quitadas meses atrás.
Fueron evacuados de inmediato. Una ambulancia llegó en minutos, con las sirenas atravesando la noche. Desde el jardín, Sofía extendió la mano hacia su madre mientras los paramédicos trabajaban frenéticamente.
—¿Van a despertar? —preguntó, con una voz apenas por encima de un susurro.
—Estamos haciendo todo lo posible —respondió una enfermera con suavidad.
Pero algo no les sentó bien a los oficiales.
La válvula principal de gas estaba completamente abierta, mucho más de lo debido. Y dentro del dormitorio, el conducto de ventilación había sido bloqueado deliberadamente con una toalla, firmemente apretado desde adentro.
Morales miró a su compañero con expresión sombría.
—Esto no fue un accidente.
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