En mitad de la noche, una joven llamó a la policía porque sus padres no se despertaban, y lo que los agentes encontraron en la casa sorprendió a todos.

La policía fue notificada de inmediato.
Cuando Morales llegó, le pidió a Sofía que explicara ese último dibujo. La niña, abrazando a su peluche, respondió en voz baja:
"Oí pasos... eran fuertes... Pensé que era papá, pero ya estaba en su habitación..."
"¿Viste a esa persona?
" "Solo su sombra... estaban en las escaleras... Me asusté..."
"¿Antes de que tus padres se durmieran?
" "Sí... creo que sí..."

Eso lo cambió todo. Si la figura había estado en la casa antes de que los padres se acostaran, significaba que el intruso había entrado sin forzar ninguna puerta. O conocía muy bien la casa, o alguien lo había dejado entrar.

La policía examinó el teléfono del padre, encontrado en la mesita de noche. Entre los mensajes borrados, recuperaron una conversación con un contacto guardado simplemente como "R":
"La fecha límite es mañana. No quiero excusas".
"Si no hay pago, habrá consecuencias".

Pero la revelación más inesperada llegó cuando revisaron la cuenta bancaria de la familia. Durante tres meses habían recibido un pequeño depósito constante, siempre la misma cantidad, siempre de la misma fuente: una empresa fantasma que, tras una investigación, resultó ser la fachada de un grupo de usureros vinculados a la extorsión violenta.

Cuando confrontaron al vecino más cercano, un hombre llamado Raúl Montenegro, descubrieron que él también había recibido a esos hombres semanas antes. Y al ser interrogado, terminó confesando que le había recomendado al padre de Sofía que pidiera ese préstamo "porque no veía otra salida".

Montenegro reconoció algo más:
—Uno de ellos cojeaba... del pie derecho.

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