En plena boda de mi hermano, con todos los invitados atentos, él me señaló y se rió: “Ella es una hija ilegítima. No es mi verdadera hermana, la adoptamos”.

En plena boda de mi hermano, con todos los invitados atentos, él me señaló y se rió: “Ella es una hija ilegítima. No es mi verdadera hermana, la adoptamos”. Las risas estallaron a mi alrededor como cuchillas. Me quedé quieta, ardiendo de vergüenza. Entonces, su esposa se levantó de golpe, pálida, y gritó: “¡Esta boda no va a celebrarse! ¿Cómo te atreves…?”. El salón entero quedó en silencio.

La boda de mi hermano se celebraba en una finca elegante a las afueras de Toledo. Flores blancas, copas brillando, música suave. Más de cien invitados atentos a cada gesto. Yo estaba sentada en la tercera fila, con un vestido sencillo, intentando pasar desapercibida.

Cuando llegó el momento de los discursos, mi hermano, Álvaro, tomó el micrófono. Sonreía. Bebido de orgullo… y de algo más.

—Antes de brindar —dijo riendo—, quiero presentar a alguien especial.

Sentí un nudo en el estómago cuando me señaló.

—Ella es Lucía. Mucha gente cree que es mi hermana —hizo una pausa teatral—, pero en realidad es una hija ilegítima. No es sangre nuestra. La adoptamos por lástima.

Las risas estallaron alrededor como cuchillas. Algunas incómodas. Otras crueles. Sentí el calor subir por mi cara, la vergüenza clavarse en el pecho. Quise desaparecer. Quise gritar que era mentira, que yo había crecido en esa casa, que mi madre me había criado igual que a él.

Pero me quedé quieta.

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