En plena boda de mi hermano, con todos los invitados atentos, él me señaló y se rió: “Ella es una hija ilegítima. No es mi verdadera hermana, la adoptamos”.

Vi a mis padres bajar la mirada. No dijeron nada.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

La novia, Marta, se levantó de golpe. Estaba pálida, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de escuchar una confesión criminal.

—¡Esta boda no va a celebrarse! —gritó.

El murmullo se cortó en seco.

Álvaro se giró hacia ella, confundido.

—¿Qué estás diciendo? ¿Estás loca?

Marta lo miró con asco y luego me miró a mí.

—¿Cómo te atreves a humillarla así? —continuó—. ¿Cómo te atreves a mentir delante de todos?

El salón entero quedó en silencio. Las copas dejaron de sonar. La música se detuvo.

Yo seguía inmóvil. Pero algo dentro de mí empezó a cambiar.

Marta respiraba con dificultad. Tomó el micrófono de las manos temblorosas de Álvaro.

—Hay algo que nadie aquí sabe —dijo—. Yo sí lo sé. Y ya no puedo callar.

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