En plena boda de mi hermano, con todos los invitados atentos, él me señaló y se rió: “Ella es una hija ilegítima. No es mi verdadera hermana, la adoptamos”.

Álvaro intentó detenerla. Ella se apartó.

—Lucía no es adoptada —continuó—. Es tu hermana biológica.

Un murmullo recorrió la sala. Mi corazón se detuvo.

—¿Qué estás diciendo? —gritó mi madre, levantándose por primera vez.

Marta la miró fijamente.

—Que Lucía es hija de tu esposo —dijo señalando a mi padre—. De una relación que ocultaron durante años. Yo vi los documentos. Las pruebas. El ADN.

El salón estalló. Gritos, preguntas, miradas acusadoras. Mi padre se desplomó en la silla. Mi madre comenzó a llorar, no por mí, sino por el secreto expuesto.

Álvaro me miró como si acabara de verme por primera vez.

—Eso es mentira… —susurró.

—No —respondí por primera vez—. No lo es.

Saqué una carpeta de mi bolso. Nunca pensé usarla ese día. Dentro estaban los resultados de la prueba genética que me había hecho meses atrás, en silencio, cuando las dudas ya no me dejaban dormir.

—Yo lo supe antes que tú —dije—. Y aun así te llamé hermano.

El silencio se volvió pesado, casi insoportable.

Marta dejó el micrófono sobre la mesa.

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