—No me caso con alguien capaz de destruir a su propia hermana por diversión —dijo—. Ni con una familia construida sobre mentiras.
Se quitó el anillo y lo dejó caer. El sonido metálico resonó más fuerte que cualquier grito.
Salió del salón sin mirar atrás.
La boda se canceló. Los invitados se fueron en grupos pequeños, murmurando. Nadie se acercó a mí. Nadie se atrevió.
Mis padres intentaron hablar conmigo esa noche. No los escuché.
—Necesito tiempo —dije—. Y distancia.
Me fui.
Durante meses, corté contacto. Empecé terapia. Empecé a vivir por mí misma, no como la “agradecida”, no como la “adoptada”.
Marta me escribió semanas después. Se disculpó por no haber hablado antes. Me dijo que no se arrepentía de nada.
Nos hicimos amigas.
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