Eran las 2:14 a. m. de nuestra noche de bodas cuando la exesposa de mi esposo envió un mensaje que lo cambió todo.
2:14 a. m. — Suite nupcial, Hotel Plaza, Nueva York
El aire aún impregnaba la intensa dulzura del champán de lujo y el humo desvanecido de las velas de diseño; fragancias que pretendían ser una señal de romance, pero que ahora se sentían densas y opresivas en la quietud. Ethan dormía a mi lado, entregado por completo a un sueño profundo, con la respiración lenta y regular. Un brazo descansaba pesadamente sobre mi cintura; su nuevo anillo de bodas de platino brillaba tenuemente a la luz de las luces de la ciudad que se filtraban a través de las cortinas.
Acabábamos de celebrar una boda de 80,000 dólares, digna de una portada de revista. Me dolían los pies por un día entero con altísimos tacones de diseñador, me dolía la cara de sonreír sin parar para doscientos invitados, y sentía el cuerpo agotado por la adrenalina y el agotamiento.
Miré hacia el techo ornamentado, flotando en ese extraño espacio entre la alegría y la fatiga. Con cuidado, solté el brazo de Ethan, pensando en salir de la cama a buscar agua.
Entonces mi teléfono vibró.
Zumbido.
Un mensaje de texto.
2:14 a. m.
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