ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

Te lo juro, mamá. Solo una vez. Doña Rosa soltó una risa amarga. ¿Y crees que eso lo hace mejor? ¿Crees que con solo una vez se arregla todo? Tu papá, que en paz descanse, nunca me puso una mano encima en 40 años de casados, ni borracho, ni enojado, nunca. Papá era diferente. No, Tomás, tú eres diferente. Lo cortó su mamá. Yo crié a tres hijos. Tu hermano Javier lleva 12 años casado con Lupita y jamás la ha tocado.

Tu hermana Rocío está divorciada, pero su ex nunca le puso una mano encima. ¿Por qué tú sí? Tomás apretó las manos alrededor de la taza de café. Porque María me provocaba. Porque me hacía enojar. Porque no. Doña Rosa golpeó la mesa. No le eches la culpa a ella. María es una buena mujer, una buena madre. Yo siempre lo supe y tú la trataste como basura. Mamá, por favor, necesito que hables con ella, que la convenzas de retirar la denuncia.

Si tú le dices, “No voy a hacer eso.” Doña Rosa se levantó. “lo que voy a hacer es ir a visitarla para pedirle perdón por haberte criado así, por no haberme dado cuenta antes, por todas las veces que ella vino aquí con moretones y yo fingí no verlos.” Tomás se quedó helado. ¿Tú sabías? Claro que sabía respondió su mamá con lágrimas en los ojos. Las madres siempre saben, pero me daba miedo enfrentarte. Me daba miedo romper la familia y ahora me doy cuenta de que por mi silencio María sufrió más tiempo.

Tomás salió de la casa de su mamá sin el apoyo que esperaba. subió a su auto, un Jetta del año pasado que ahora era lo único que le quedaba, y manejó sin rumbo por las calles de Ecatepec. Tenía que hacer algo, tenía que recuperar el control, tenía que demostrarle a María que no podía simplemente desecharlo así. Entonces, se le ocurrió una idea. Esa tarde Tomás fue al colegio donde estudiaban Diego y Fernanda. Sabía que la orden de restricción le prohibía acercarse a ellos.

Pero, ¿qué tal si ellos se acercaban a él? Eso no estaba en la orden, ¿verdad? Se estacionó frente a la secundaria técnica número 32, a una cuadra de distancia. Esperó. A las 2:15 vio a Fernanda salir con sus amigas, le marcó al celular de su hija. Fernanda sacó el teléfono de su mochila, vio el nombre de su papá en la pantalla, se detuvo. Sus amigas la miraron. ¿Qué pasa, Fer? Es mi papá. susurró Fernanda. No le contestes le dijo una de sus amigas.

Tu mamá dijo que no pueden tener contacto, pero Fernanda era todavía una niña de 15 años y por más que su papá le hubiera dado miedo, seguía siendo su papá. Contestó, “Papá, hija, mi amor. ” La voz de Tomás sonaba rota, desesperada. “Necesito verte. Solo 5 minutos, por favor.” “No puedo, papá.” Mamá, dijo, “Tu mamá te está llenando la cabeza de mentira sobre mí”, interrumpió Tomás. “Yo solo quiero explicarte lo que pasó. Que sepas que yo te amo, que todo fue un error.

Estoy aquí afuera de tu escuela en mi auto. Solo acércate 5 minutos.” Fernanda volteó y lo vio. El jeta gris estacionado a media cuadra. Su papá en el asiento del conductor haciéndole señas. Papá, no puedo. Si me acerco, te metes en problemas. No me voy a meter en problemas si tú vienes por tu propia voluntad, insistió Tomás. Solo quiero darte un abrazo. ¿Ya no quieres a tu papá? Fernanda sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta.

Sus amigas la jalaban del brazo negando con la cabeza. Sí, te quiero, papá. Pero entonces, ¿ven solo un minuto? Fernanda colgó el teléfono y comenzó a caminar hacia el auto. Sus amigas intentaron detenerla, pero ella se soltó. Lo que Tomás no sabía es que Diego salía de la preparatoria al mismo tiempo, justo una cuadra más adelante y había visto todo. Diego corrió hacia su hermana. Fernanda, no. Pero ella estaba a pocos metros del auto de su papá.

Tomás abrió la puerta, bajó, le sonrió. Mi princesa, ven acá. Diego llegó justo a tiempo y se interpuso entre su hermana y su padre. Aléjate de ella, hijo. Solo quiero hablar con ustedes. Soy su papá. Tengo derecho. No tienes ningún derecho, dijo Diego con voz firme. Tienes una orden de restricción. Si no te vas ahora mismo, voy a llamar a la policía. Tomás cambió de expresión. La máscara del padre amoroso se cayó. Así me vas a hablar.

Tu mamá ya te enseñó a faltarme al respeto. Mi mamá me enseñó a defenderla, respondió Diego sacando su celular y a defenderme. Vete, papá, antes de que esto sea peor. Tomás observó a sus dos hijos. Fernanda llorando. Diego con el celular en la mano listo para marcar. Gente empezando a voltear a verlos. Maestro saliendo de la escuela, subió al auto y se fue quemando llanta. Esa noche, María recibió una llamada de Diego contándole todo. Se le heló el alma.

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