“¿Me las vas a pagar?” María no retrocedió, no tembló. lo enfrentó sin pestañear. “Ya me las pagaste tú, Tomás, durante 20 años. Ahora es tu turno de pagar.” Dos agentes de seguridad del juzgado se acercaron. ¿Algún problema, señora? Ninguno, respondió María. El Señor ya se iba. Tomás cerró los puños, dio media vuelta y se fue. Pero antes de subirse a su auto, volteó una última vez. María seguía ahí de pie, sin miedo, con esa fortaleza que él nunca supo que tenía.
Y en ese momento Tomás finalmente lo entendió. No había vuelta atrás. María había ganado y él había perdido todo. Tres meses después de aquella audiencia, la vida de María había cambiado de formas que ella nunca imaginó posibles. Seguía trabajando en bodega a Urrera, pero ahora caminaba diferente por los pasillos, saludando a los clientes con una sonrisa real, no forzada. Sus compañeras notaron el cambio. “¿Te ves bien, María?”, le dijo Lupita, su compañera de caja, una mañana mientras acomodaban los productos.
“Te ves diferente.” “Me siento diferente”, respondió María. “Por primera vez en 20 años me siento yo misma.” La casa de jardines de Morelos también había cambiado. Diego y Fernanda reían más. Ponían música, invitaban amigos. La sala que antes estaba en silencio sepulcral, ahora se llenaba de voces y vida. María había pintado las paredes de la cocina de amarillo claro, había cambiado las cortinas, había puesto plantas en la ventana, pequeños cambios que significaban todo. Una tarde de julio, mientras preparaba la cena, sonó el teléfono.
Era su mamá, doña refugio. Mi hija, ¿cómo estás? Bien, mamá. Muy bien, me da tanto gusto oírte decir eso. Doña Refugio suspiró del otro lado de la línea. ¿Sabes? Siempre supe que eras más fuerte de lo que tú misma creías. Tú siempre me lo decías, mamá, pero yo no te escuchaba. A veces tenemos que llegar al fondo para poder subir, mija. Lo importante es que lo lograste y tus hijos están bien. Eso es lo que importa. María colgó con una sonrisa, terminó de preparar la cena.
Pollo en mole, arroz rojo, tortillas. Diego y Fernanda llegaron juntos de la escuela. “Huele delicioso, mamá”, dijo Fernanda entrando a la cocina. “Hoy celebramos”, anunció María sirviendo los platos. “¿Celebramos qué?”, preguntó Diego. “¿Que hace tres meses que vivimos en paz?”, respondió María. “Tres meses sin gritos, sin miedo, sin tener que caminar en puntas por nuestra propia casa.” Los tres se sentaron a la mesa, brindaron con agua de Jamaica, comieron tranquilos, hablaron de sus días, de la escuela, del trabajo, de planes para el fin de semana, cosas simples que antes eran imposibles.
Después de cenar, mientras María lavaba los trastes, recibió un mensaje de la licenciada Domínguez. María, buenas noticias. El juez dictó sentencia hoy. Tomás tiene que pagar pensión alimenticia completa y el divorcio está casi listo. En dos semanas más oficialmente serás libre. María leyó el mensaje tres veces. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas buenas. Libre. Iba a ser oficialmente libre. Diego entró a la cocina y la vio limpiándose los ojos. Mamá, ¿estás bien?
Estoy perfecta, hijo”, respondió María abrazándolo. “Estoy perfecta.” Mientras María comenzaba su nueva vida, Tomás Herrera se hundía cada día más en la suya. Lo habían despedido de la planta automotriz dos semanas después de la denuncia. “Reducción de personal”, le dijeron. Pero él sabía la verdad. Nadie quería tener un empleado con antecedentes por violencia familiar. había intentado conseguir otro trabajo. Aplicó en cinco fábricas diferentes. En todas lo rechazaron después de revisar sus referencias. El dinero que tenía ahorrado se estaba acabando.
El hotel barato se volvió insostenible. Tuvo que mudarse con su hermano Javier a una casa en Tultitlán durmiendo en el sillón de la sala. Es temporal”, le dijo a su hermano. Solo hasta que consiga trabajo. Pero Javier y su esposa Lupita lo miraban con una mezcla de lástima y desconfianza. Sabían lo que había hecho. Toda la familia lo sabía. Las reuniones familiares se volvieron incómodas. En la comida del cumpleaños de su mamá en agosto, Tomás llegó y todos se quedaron callados.
Sus primas lo saludaron de lejos. Sus tíos evitaban hablar con él. Su hermana Rocío lo encaró en el patio. “¿Sabes que María ya no tiene miedo de salir?”, le dijo con rabia contenida. “La vi el otro día en el mercado. Se veía feliz Tomás, feliz sin ti. Yo solo quiero ver a mis hijos”, murmuró Tomás. “Tus hijos no quieren verte y no los culpo.” Tomás comenzó a beber más. Compraba cervezas baratas en el oxo de la esquina y las tomaba en el parque, viendo pasar la vida de otros.
Familias felices, niños jugando, parejas caminando de la mano, todo lo que él había tenido y destruido. Una noche de septiembre, borracho y desesperado, decidió hacer algo estúpido. Manejó hasta jardines de Morelos. Se estacionó a dos cuadras de su antigua casa, donde la orden de restricción no podía alcanzarlo técnicamente, pero podía ver la casa desde ahí. Las luces estaban encendidas. Vio sombras moviéndose detrás de las cortinas. Escuchó música, risas. Su familia viviendo sin él. Sacó su celular y le mandó un mensaje a María desde un número desconocido que había comprado.
Sé que estás ahí, sé que crees que ganaste, pero esto no ha terminado. María vio el mensaje, reconoció el tono, sabía que era Tomás. no respondió, solo le tomó captura de pantalla y se lo mandó a su abogada con un mensaje. Acoso, agrégalo al expediente. Y siguió cenando con sus hijos como si nada. Tomás esperó una respuesta que nunca llegó. se quedó ahí sentado en su auto, sintiéndose cada vez más pequeño, más invisible, más insignificante. Al día siguiente recibió otra citación por acoso, por violar los términos de no contacto.
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