El juez no estaba contento. “Señor Herrera,” le dijo el juez en la audiencia. Esta es su tercera violación. entiende que puedo meterlo a la cárcel por esto. Su señoría, yo solo no me interesa lo que usted solo quería hacer, interrumpió el juez. Tiene una orden clara, nada de contacto. ¿Qué parte no entiende? El licenciado Vega intentó defenderlo, pero no tenía argumentos. Las pruebas eran claras. “Le voy a dar una última oportunidad”, dijo el juez. “Pero si hay una cuarta violación va directo a prisión preventiva.” ¿Me entendió?
Sí, su señoría, murmuró Tomás. Salió del juzgado humillado. Su mamá lo esperaba afuera. Mamá, yo no, Tomás. Doña Rosa levantó la mano. Ya no quiero escuchar excusas. Ayer fui a visitar a María. Tomás se quedó helado. ¿Fuiste a verla? Sí. Fui a pedirle perdón por todo lo que le hiciste, por todas las veces que yo no dije nada, por haberte criado creyendo que podías tratar así a una mujer. ¿Y qué dijo ella? Me recibió con café y pan dulce, respondió doña Rosa con lágrimas en los ojos.
Me trató mejor de lo que yo merecía. Me dijo que no me culpaba, que ella sabía que yo también había sufrido callada viendo lo que le hacías. Tomás sintió como algo se rompía dentro de él. Diego y Fernanda estaban ahí, continuó su mamá. Tus hijos, Tomás, tus propios hijos. ¿Y sabes qué me dijeron cuando les pregunté si querían ver a su papá? Tomás no quería escuchar, pero no podía moverse. Me dijeron, “No, abuela. Nosotros queremos a un papá que no nos dé miedo y ese no es él.” Doña Rosa se limpió las lágrimas.
Tus propios hijos tienen miedo de ti. Te das cuenta de lo que eso significa. Yo puedo cambiar, mamá. Puedo ser mejor. Solo necesito que me den otra oportunidad. Ya tuviste 20 años de oportunidades, respondió doña Rosa, y las desperdiciaste todas. Ahora vive con las consecuencias. Su mamá se fue caminando. Lo dejó ahí parado en la calle frente al juzgado, con la realidad finalmente golpeándolo de frente. Nadie lo quería. Nadie lo necesitaba, nadie lo extrañaba. Esa noche Tomás se quedó despierto en el sillón de la casa de su hermano, viendo el techo, preguntándose cómo había llegado hasta ahí.
Y por primera vez, una vocecita pequeña en su cabeza le susurró algo que nunca había querido aceptar. Tal vez, tal vez todo esto es tu culpa. Pero incluso esa vocecita era demasiado débil, demasiado tarde. Porque mientras Tomás se ahogaba en su propia miseria, a 8 km de distancia, María Guadalupe dormía profundamente en su cama, sin pesadillas, sin sobresaltos, sin miedo, soñando con un futuro que finalmente le pertenecía, un futuro donde el hombre que la había controlado durante dos décadas ya no tenía ningún poder sobre ella.
un futuro que ella misma había construido, plato por plato, prueba por prueba, día por día, hasta convertirse en la mujer que siempre mereció ser. Libre, se meses después de aquella mañana en que María sirvió el desayuno que cambió su vida, el juzgado familiar número cuatro de Catepec estaba a punto de cerrar un capítulo definitivo. Era un miércoles gris de noviembre. María entró al juzgado acompañada de la licenciada Domínguez de Diego y Fernanda y de su mamá, doña Refugio.
Llevaba un vestido azul rey que había comprado especialmente para ese día. Se había peinado, maquillado, arreglado, no porque quisiera impresionar a nadie, sino porque ese era su día, el día en que oficialmente recuperaría su apellido de soltera, el día en que el papel que la ataba a Tomás Herrera se convertiría en cenizas. Tomás llegó solo, sin abogado, porque ya no podía pagar uno, sin familia, porque todos se habían cansado de sus excusas, con un pantalón arrugado y una camisa que olía a cigarros baratos, se veía más viejo, más acabado, como si los últimos meses le hubieran quitado 10 años de vida.
Cuando María entró a la sala, él levantó la vista. Sus ojos se encontraron por un segundo, solo un segundo. Pero en ese segundo Tomás vio algo que lo destruyó por completo. Vio indiferencia. María ya no le tenía miedo, ya no lo odiaba, simplemente ya no sentía nada. Él había dejado de existir para ella. El juez Naba entró y todos se pusieron de pie. Bien”, dijo el juez revisando los papeles. Estamos aquí para dictar sentencia definitiva en el caso de divorcio entre María Guadalupe Sánchez Morales y Tomás Herrera Silva.
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