ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

He revisado toda la documentación, he escuchado a ambas partes en audiencias previas. He considerado las evaluaciones psicológicas de los menores y mi decisión es la siguiente. La sala quedó en silencio. Se decreta el divorcio necesario por causas de violencia familiar, infidelidad y abandono de obligaciones. La señora Sánchez recupera su apellido de soltera. Se le otorga la custodia total de los menores Diego y Fernanda. El señor Herrera tendrá derecho a visitas supervisadas solo si los menores así lo desean, lo cual actualmente no es el caso.

Tomás cerró los ojos. Cada palabra era un martillazo. El señor Herrera queda obligado a pagar pensión alimenticia por la cantidad de 7000 pesos mensuales hasta que los menores cumplan 18 años. La casa ubicada en Jardines de Morelos queda como propiedad de la señora Sánchez, al igual que todos los bienes que se encuentran en ella. El juez cerró el expediente. La sentencia es definitiva e inapelable. Este matrimonio queda legalmente disuelto. Se levanta la sesión. El golpe del martillo resonó en la sala como un trueno.

María sintió como se le quitaba un peso de encima. 20 años de peso. Diego y Fernanda la abrazaron. Doña Refugio lloraba de alegría. La licenciada Domínguez le estrechó la mano. “Lo logramos”, le dijo. “Lo logramos”, repitió María. Cuando salieron del juzgado, el sol había salido entre las nubes. María respiró profundo. El aire le supo diferente. A libertad, “A nuevo comienzo.” Tomás salió detrás de ellos, se quedó parado en las escaleras, viendo como María se alejaba con sus hijos.

con su familia, la familia que él había perdido por su propia mano. María la llamó con voz quebrada. Ella se detuvo. Sus hijos la miraron preocupados. Doña Refugio apretó su brazo. No tienes que hablar con él, mi hija. Pero María se soltó suavemente y se volteó. Caminó hacia Tomás. Se paró frente a él a un metro de distancia. ¿Qué quieres? Yo, Tomás no sabía qué decir. Había practicado mil discursos en su cabeza, pero ahora que la tenía enfrente, las palabras no salían.

Solo quería decirte que que lo siento. María lo estudió en silencio por unos segundos. ¿Lo sientes? ¿Cuál parte exactamente? Los golpes, los insultos, las amenazas, los 20 años en que me hiciste creer que no valía nada. Todo susurro Tomás. Siento todo. ¿Sabes qué es lo triste, Tomás? María negó con la cabeza. Que ni siquiera te creo. Creo que solo lo sientes porque perdiste, porque ahora tú eres quien está solo, quien no tiene casa, quien no tiene familia.

Pero si yo hubiera seguido callada, si nunca me hubiera defendido, seguirías haciéndome lo mismo. Tomás no pudo contradecirla porque sabía que tenía razón. Pasé 20 años esperando a que cambiaras”, continuó María. 20 años rogando que despertaras un día y fueras el hombre que yo necesitaba, el hombre que tus hijos merecían. Pero nunca pasó. ¿Y sabes qué aprendí de todo esto? Tomás levantó la vista. Que no puedes salvar a alguien que no quiere salvarse, dijo María, “y que no tengo que quedarme en el infierno esperando que te des cuenta de que estás quemando todo.” Se dio la vuelta y caminó hacia sus hijos.

No corrió, no huyó, simplemente se fue. Tomás se quedó ahí parado, viendo como la única persona que alguna vez lo amó de verdad desaparecía de su vida para siempre y esta vez no había vuelta atrás. Los meses siguientes, María floreció de maneras que nunca había imaginado. Había empezado a tomar clases de contabilidad los sábados. Su sueño de estudiar enfermería ya había pasado, pero descubrió que los números se le daban bien, muy bien. El gerente de bodega, Urrara notó su dedicación y la promovió a supervisora.

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