Pero las palabras en la pantalla no eran palabras de amor.
"Natasha, no vengas hoy. Mamá dijo que estás fuera de lugar aquí. Quiere celebrar con gente de su círculo. No encajas, eres demasiado simple. Hueles a harina y a trabajo".
Estas líneas fueron como bofetadas. Golpearon su memoria, su corazón, los años que había dedicado a esta familia.
Natalya cerró los ojos. Recordó a Andrey llegando a ella, todavía pobre y confundido. Cómo pagó su educación, su primer coche, los viajes de los que presumía con sus amigos. Cómo pagó en silencio la medicación de su madre mientras se quejaba de que "su nuera no es lo suficientemente sofisticada".
Hace seis meses, Natalya compró un apartamento. Ese mismo, en el lujoso complejo junto al río con el que Antonina Stepanovna había soñado en voz alta. Natalya escuchaba estas conversaciones y sonreía. Quería hacer un regalo. Creía que la gratitud sí existía.
Había invertido millones allí. Los suyos. Ganados tras largas noches, dolor de espalda e insomnio. Eligió los azulejos, los muebles y las lámparas, tal como los quería su suegra. Para sentirse por fin importante.
Y ahora se había ido de ese apartamento.
Allí, entre las costosas cortinas y copas de cristal, Andrey les decía a los invitados que su esposa olía mal.
Natalya no lloró. Simplemente fue al estudio y encendió el ordenador.
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