Esa noche el olor a vainilla y pan caliente…

Mientras tanto, en el nuevo apartamento, Antonina Stepanovna les mostraba las habitaciones a sus amigas. Su voz era orgullosa y resonante:

"¡Miren ese baño! De mármol, como en las revistas. Siempre supe que merecíamos algo mejor". Mi hijo por fin ha elegido la vida correcta.

Los invitados sonrieron. Nadie preguntó quién había pagado.

Cuando sonó el timbre, Andrei supuso que era otro de los invitados. Abrió y vio a dos hombres con uniformes de seguridad.

"¿Andrei Viktorovich?", preguntó uno.

"Sí..."

"Por orden del propietario, debe abandonar el apartamento. Esto pertenece a Natalya Nikolaevna. Está aquí sin permiso."

La habitación quedó en silencio. Alguien dejó caer un tenedor. Antonina Stepanovna palideció.

"Esto es un error", susurró. "Este es nuestro apartamento..."

Pero no fue así.

Esa noche, Natalya no estaba en el apartamento. Estaba sentada en su pequeña panadería, entre sacos de harina y pan caliente. Donde la respetaban por su trabajo, no la despreciaban por su olor.

Las personas a las que alimentó y salvó resultaron ser desconocidas. Pero el dolor la purificó, como el fuego purifica el metal.

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