A veces la pérdida no es el final. Es el comienzo de una vida en la que ya no te limpiarán como la suciedad de pisos caros.
Y Natalya lo supo: ahora esta vida le pertenecía solo a ella.
Natalya permaneció sentada un buen rato en el silencio de la panadería. Los hornos ya se estaban enfriando, los trabajadores se habían ido a casa, y solo el ocasional chasquido del metal le recordaba que últimamente la vida había sido un ajetreo. Su teléfono estaba cerca, con la pantalla apagada. Sabía que Andrey llamaría. Y lo hizo.
"Natasha...", su voz se quebró, "esto es una locura. Seguridad, gritando, mamá... ¿Qué has hecho?"
Natalya se secó lentamente las manos con una toalla. No gritó ni lloró.
"Acabo de recibir lo que era mío, Andrey. Dijiste que no era de tu clase. Así que mi apartamento tampoco lo es." "Pero entiendes, era una broma... Mamá se dejó llevar..."
"Seis años no es broma", respondió Natalya en voz baja. Durante seis años, fui tu cartera y tu sirvienta. Y hoy me mostraste quién soy realmente para ti.
Se oían respiraciones agitadas y voces distantes al otro lado de la línea: Antonina Stepanovna explicaba algo histéricamente a los invitados.
"Natasha, devuélvelo todo", susurró Andrey. "Hablamos, lo arreglamos...".
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