No puso excusas ni intentó ser buena. Simplemente volvió a lo que mejor sabía hacer: trabajar y vivir honestamente.
Pasaron los meses. La panadería se expandió, abrieron nuevos locales. Natalya ya no se despertaba pensando que le debía nada a nadie.
Un día, recibió una carta de Andrey. Le escribía que Antonina Stepanovna vivía ahora en su apartamento alquilado, que no ganaban suficiente dinero y que se había dado cuenta de muchas cosas.
Natalya leyó la carta y la borró con calma.
A veces el amor muere no en una pelea, sino en el momento en que te borran públicamente, como polvo de la vida de otra persona.
Natalya ya no era polvo.
Era una mujer que había sobrevivido, perdido y se había encontrado a sí misma.
Y eso fue suficiente.
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