Esa noche, me di cuenta de que una persona puede borrarse de la historia familiar tan fácilmente como una línea de lápiz en un viejo álbum de recortes. Basta con dejar de pronunciar su nombre en voz alta y, con el tiempo, se desvanece, como si nunca hubiera existido.
Llegué sola.
Nadie me esperaba en la entrada. Nadie escrutaba a la multitud. Nadie se apresuró a saludarme.
En el salón de baile Aspen Grove, las lámparas de araña proyectaban un resplandor sobre los manteles dorados y los vasos relucientes. Las risas inundaban la sala como el retumbar de un trueno lejano. En las paredes había fotografías de graduados, sus victorias, sus carreras, sus familias. Mi madre estaba de pie contra la pared enmarcada. Sostenía un retrato de mi hermano menor en sus manos, como si fuera un icono.
Debajo de la foto, pulcramente grabado, estaba escrito:
"Bryce Dorsey. Harvard. Generación de 2009. El mejor de su clase".
Junto a él estaba mi padre. Orgulloso. Radiante. Erguido como un estandarte.
Mi retrato había desaparecido.
Sin marco. Sin mesas. Sin memoria.
Cuando me acerqué, mi madre no me vio de inmediato. Y cuando lo hizo, su sonrisa no se desvaneció, solo se atenuó. Se volvió más fría.
"Por fin llegaste", dijo, como si hubiera interrumpido la celebración de alguien.
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